[Crónica] Archipiélago Galápagos 3

La Isabela

Por la noche, caminamos varias horas por la cubierta al vaivén de las olas, respirado el oxígeno purísimo de la brisa del mar Pacífico y contando, una a una, las estrellas. Mientras tanto, la Santa Cruz, navega a todo motor rumbo a La Isabela, la isla más grande que tiene forma de caballito de mar. De un caballito de mar gigante.

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Por la mañana, entramos a la isla por el sur, Cerro Azul. Nos habíamos levantado muy temprano para correr a la cubierta donde, en poco tiempo, pasaríamos por el canal Bolívar. A babor La Isabela y a estribor La Fernandina, al frente la nariz del caballito: Ecuador.

¡De pronto!, un viejo pescador, parte de la tripulación, nos advertía de una auténtica manada de delfines que, desde la proa de la embarcación casi podíamos tocar. Iban hacia el sur saltando por los aires y zambulléndose hasta el fondo, para volver a saltar en sinfonía casi musical.

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Para ese momento, habíamos hecho grupo con dos matrimonios: Gisela y Tony, español y alemana, que volvían por cuarta vez a Galápagos. Admirables viajeros y conocedores de más de medio mundo. Y los biólogos ecuatorianos, investigadores y residentes en Boston, Abelina y Guillermo. Como siempre, desayunamos juntos, les hablé de mi compromiso por el Ambiente y la Ecología y les regalé el libro sobre acceso a la Justicia Ambiental. Ya éramos cinco los enamorados de la naturaleza. De la irrepetible flora y fauna de Galápagos, con varias especies endémicas. También, compartimos nuestro interés por su conservación y de la necesitad de políticas gubernamentales claras de mediano y largo plazo.

La Fernandina

A las 8 de la mañana, salimos a la isla Fernandina, caminamos entre rocas volcánicas, lava petrificada que se solidificó con los siglos, hasta presentar formas rugosas y lisas, sumamente extrañas. Mientras navegábamos en la panga vimos tortugas de mar gigantes, tan ligeras como ágiles para nadar.

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Al llegar a la Fernandina nos recibió una multitud: Hermosos y gigantes Cangrejos, entre naranja y azul brillante e intenso…Iguanas de variados matices esmeralda  que posaban para nosotros, algunos Lobos marinos que reposaban en la sobra de los manglares y Lagartijas, muchas lagartijas de las que debíamos cuidarnos para no pisarlas.

Singulares también son los Cactus primarios que, tímidamente, asoman  en racimos pequeños y grandes, entre la dureza de las rocas de lava de volcán dormido. Contrasta y contrae la vista la brillantez del negro charol intenso del suelo rugoso, y el color entre verde – rojizo de los cactus.

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Ha sido una caminata larga, con el sol cayendo perpendicularmente, intenso e implacable, desde las 8 de la mañana. Sólo una crema protectora de 60 grados nos ha protegido de los  rayos, aunque no del insoportable calor y la sed que intentábamos cortar con el agua caliente de una botella ya casi vacía. Nos ayudó también los caramelos para reponer energías, aunque debíamos tener sumo cuidado de no tirar las envolturas, bajo pena de cárcel.

El espíritu, sin embargo, tenía la energía y el frescor de la primera adolescencia. Como si el sol hubiera renovado nuestro más recóndito átomo del corazón.

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